viernes, 25 de mayo de 2012

COMENZO UNA NOCHE. ( Cuento policial,


Era tarde ya cuando decidí irme a casa, la conversación y el juego con mis amigos se había prolongado más de lo acostumbrado. Era una salida que hacíamos de vez en cuando para mantenernos en onda y comentar nuestras cosas en forma alegre. Claudia estaría inquieta por lo tarde en que llegaría esta noche, al pensarlo sonreí, imaginando la cara que pondría al abrir la puerta a medianoche. Me reprocharía, de eso estaba seguro, luego nos largaríamos a reír como si nada, ella ya conocía a mis amigos y sabía los lugares que frecuentaba algunas veces los fines de semana. Es una linda mujer y nos llevábamos muy bien en nuestro matrimonio.

Iba saliendo apresuradamente del Club de boliches, en busca de mi auto, cuando sentí a mi espalda una voz suave, acariciadora que creí reconocer.
-¡Jorge, espera! ¿Para dónde vas tan apurado?
Frené mis pasos y me volví justo cuando ella llegaba a mi lado. Era una rubia despampanante, que me miraba con aire divertido al ver que me esforzaba en recordarla. Logré después de unos instantes de vacilación, balbucear algunas palabras que me salieron entrecortadas:
-¿Eres por casualidad Gilda? Claro, la flaca Gilda- Santo cielo, tanto tiempo ha pasado. Que linda que estás.
-Hace bastante rato que te observaba en el juego con tus amigos y decidí ir a saludarte, no has cambiado para nada. Me he emocionado mucho recordando nuestros tiempos pasados, los bellos momentos juntos en la Universidad. Ando bastante apurada, no me alcanza el tiempo para seguir conversando, espero con ansiedad encontrarme nuevamente contigo. Aquí mismo, cualquier noche. Hasta pronto Jorge.
Fueron las últimas palabras de Gilda, como siempre, inquieta, no alcancé abrazarla ni darle un beso de despedida. Sólo vi su linda silueta perderse en la noche caminando apresuradamente.

Llegué a mi casa aún pensativo, por los momentos pasados con mis amigos y por la misteriosa aparición de una amiga de mi juventud. Conversé con Claudia, detallando lo bien que pasé en el Club y que mi tardanza se originó por lo acalorado que estaban los juegos, sin tratar de comentar, nada, sobre el encuentros con mi amiga; ella conocía a Gilda y el recordarla sería para mortificarla por mucho tiempo.
Los días pasaron normalmente, era feliz al lado de mis hijos, que me visitaban muy seguido. Jugando muy entusiasmado a la pelota con ellos un día en el parque próximo a mi casa, se acercó una persona caminando lentamente hacia mí. Me observó cautelosamente mirando todo el alrededor, después de un momento que me pareció una eternidad me dijo en muy baja voz:
-Una señora que lo conoce le envía esta nota, por favor no la lea ahora.
Traté de preguntarle algo, pero no me dio lugar. Se retiró a pasos agigantados tratando de perderse pronto de nuestra vista.
Mis hijos afortunadamente no le dieron importancia a esta entrevista con el desconocido, se estaban divirtiendo. El resto del día transcurrió lentamente, pensando sólo en llegar a casa y encerrarme a leer el mensaje.
En su nota Gilda me decía que necesitaba urgentemente conversar conmigo, me esperaría cerca del Club donde nos habíamos visto por última vez. Nada más, sin explicaciones.
Decidí aventurarme a conversar con mi amiga, la curiosidad de saber de ella me empujó a salir de mi casa a una hora no acostumbrada sin avisar a mi esposa, ella se encontraba por el momento de compras en algún lugar de Santiago.

Pensaba que no la encontraría a esa hora, pero no fue así, ella se paseaba nerviosamente por la vereda fumando apresuradamente. Cuando me vio, botó su cigarro y me señaló un lugar más oscuro para reunirnos.
-Hola Jorge- Me dio un tremendo beso, nunca la había tocado antes; era muy niña cuando dejé de verla y ahora el contraste era enorme, su hermosura atemorizante me dejó mudo al estar cerca de ella. Esperé nervioso que me dijera lo que deseaba.
-Quiero pedirte un favor, me encuentro en un gran problema. Soy mujer y no puedo mezclarme con todos esos hombres que frecuentan el Club. Don Luis el dueño tiene que darme un paquete con una ropa que se me quedó la otra vez. Es una persona muy seria y como parece que te conoce te lo entregará solamente a ti. Conversa  un rato con él o con algún amigo, luego te pasará el bolso, te esperaré aquí.

Que problemáticas son estas mujeres, pensaba yo, mientras atravesaba el enorme salón en busca de don Luis. Son capaces de hacer cualquier cosa para conseguir sus propósitos y ahora para venir a buscar su ropa Gilda recurre a mí. Por lo menos me sirve para conversar y saber más de ella.
Empecé por pedir una cerveza en la barra y conversar con el encargado, saludando al mismo tiempo a conocidos que se distraían en el juego de los bolos. Llegó don Luis, que parece que me estaba esperando. Me entregó una bolsa, en forma muy cautelosa, esperando que no hubiera nadie para escucharlo.
-Dígale a Gilda que le entrego todo, no quiero tener problemas con nadie, ella ya sabe a lo que se expone. Ud. aléjese de ella, se podría quemar.
Salí presuroso, se me hacía tarde y Claudia ya debía haber llegado a casa. Las palabras de don Luis me confundieron. ¿Por qué Gilda podía dar problemas? Bueno que me importa, le entrego su paquete y me largo; ya se me fueron las ganas de conversar con ella.

Ella estaba clavada en el mismo lugar, esperando. Le entregué su bolso y me despedí rápidamente tratando de escapar de alguna conversación posterior. No sirvió de nada, me tomó de un brazo y me llevó presurosa hacia un auto que la esperaba con el motor en marcha. No atiné a nada, me dejé llevar movido por la ansiedad que de ella emanaba. Me abrazaba fogosamente indicándome que tenía que conversar con ella, que era mucho el tiempo que había pasado desde que no nos veíamos.
Me tenía acorralado, sería una estupidez dejarla sola, además era muy hermosa y lo pasaría bien. Llegamos a un lugar desconocido para mí, grandes edificios se lograban ver a través de las sombras y nos dirigimos a uno, el más apartado. Buena vida parece que se daba Gilda, vivía en un barrio muy elegante, sola seguramente. Lo creía así por la forma tan amorosa que me llevaba, tomados de la mano.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos al llegar a un departamento en los altos, que ella alegremente me invitó entrar. Se sacó los zapatos y parte de su ropa, mirándome fijamente, obsequiosamente, brindándome una vista fenomenal a su espigada figura. Sonriendo y con pasos de gacela, abrió un pequeño bar, ofreciéndome un Chivas Regal, escocés legítimo.

Me entusiasmé, sabía de gustos, de gran vida. Cuando se sentó al lado mío con su cuerpo pegado al mío, me olvidé de todo. Me serví el contenido de mi vaso de un golpe y esperé la acometida que se veía llegar. Gilda es una hembra fenomenal, cada movimiento de ella es un espectáculo, su ropa parece explotar. Me acercó su boca y le aplasté el tremendo beso, que añoraba por pegarme a esa boca hambrienta. Mientras lo hacía, mis manos no estaban quietas, se movían a través de su falda, avanzando por entre sus muslos, llegando a palpar su voluminosa flor.
Sus jadeos se hicieron notar más cuando atrapé su minúsculo calzón, que ella sin titubeo rápidamente se los sacó. Me abrió el pantalón ansiosamente, mientras la esperaba tratando de atrapar sus hermosas nalgas. Ella me lo impidió, porqué de un salto montó sobre mí; la penetración fue brutal y la dejé hacer hasta que sus gritos de satisfacción me indicaron que debía dar el golpe final.
La poseí como nunca en mi vida lo había hecho, me sentí otro. Había florecido en mí la parte bestial, escondida durante mucho tiempo y la consumación del coito me llenó de una paz, un descanso como nunca lo había tenido. La satisfacción de haber cumplido a cabalidad con el goce de esta hembra me hicieron saber que la vida corría por mis venas y me despertaron bruscamente de lo viejos sueños.

Me quedé esa noche al lado de esta inquieta mujer, esperando a cada momento su pasión desenfrenada, hasta que el sueño y el cansancio me venció. El amanecer no existió, dormí hasta que el hambre me despertó. Me levanté sin sentir la presencia de Gilda, me había dejado una nota explicando su ausencia. Tenía todo preparado para que comiera, llegaría al anochecer; busqué el teléfono para comunicarme con mi casa, tenía ya una explicación preparada para darle a Claudia, para luego irme a seguir mi tranquila vida.

Estaba marcando el número telefónico cuando empezaron a aporrear la puerta. Me extrañé, me preparé para recibir a tales visitas. Estaba abriendo la puerta cuando ésta me golpeó salvajemente, la habían pateado. Se echaron encima de mí  sin darme posibilidad de defenderme, cuando vieron que ya estaba casi inconsciente, me levantaron tirándome a un sillón.
-¿Dónde está? Bramó el que parecía el jefe.
-¿Quién? Me atreví a decir. Desgraciadamente no le gustó mi respuesta, me llegó la bofetada.
-Gilda, la puta de mierda. Larga lo que sepas, porqué de aquí no saldremos, hasta que nos digas donde está lo que buscamos o te saquemos el pellejo a patadas. ¿Dónde escondió el bolso? El viejo Lucho alcanzó a decir que te lo entregó a ti crestón. Es mercadería de la buena y la estábamos esperando hace bastante tiempo. Si nos dice algo para tratar de recuperarla, te dejamos ir.
-Jefe aquí hay una nota. Le dice a este imbécil que salió y quizás llegue esta noche.
-Creo saber donde fue, vámonos, pero antes para que no te mezcles con nuestras cosas, amiguito, aguántate este regalito.
Me partieron la boca a puñetazos, además de varias patadas en las costillas. Cuando se cansaron de darme golpes y groserías, abandonaron el lugar. Quedé tendido durante bastante tiempo, luego me levanté como pude, buscando ansiosamente la botella, la despaché de un solo trago y salí de ahí como pude.

Durante el camino, durmiendo a ratos en un rincón del taxi, pude tratar de imaginarme la vida de Gilda. Estaba ambientada en el tráfico de drogas y se aprovechaba de personas como yo para cumplir sus encargos. Quizás sentía algo de cariño por mí, por la forma en que se entregó. A lo mejor me estaba pagando el trabajo cumplido. No me importa, me llevo un lindo recuerdo de ella, me entregó algo que había olvidado hacerlo, gocé y conocí que mi hombría estaba latente. Lo siento por ella, presentía que estos rufianes la encontrarían al fin, de lo demás no quiero pensarlo.

Llegué a mi casa, era ya media tarde y Claudia casi se desmaya del susto al verme en tan triste estado. Mi traje completamente destrozado, la cara hinchada, la camisa completamente manchada de sangre, era un fantasma. Las explicaciones estaban demás por ahora, trataría de darlas en un momento oportuno, ahora sólo quería tirarme a descansar.
Pasaron algunos días, me restablecía poco a poco. Ya había dicho que me habían asaltado y me habían dejado tirado bastante lejos. No querían molestarme con preguntas hasta mi recuperación. Leía el diario todos los días, algo presentía; hasta que todo  reventó, las lágrimas brotaron y mis sollozos llamaron la atención de mi mujer y mis hijos.
Cuando me calmé les expliqué que la mujer asesinada era una amiga de la Universidad, que hace mucho tiempo no sabía de ella. Que conocía a su linda familia y no sabía donde vivían para poder visitarlos y darle algo de conformidad.

Lo lamenté mucho, porque ella me entregó parte de su vida en un momento muy corto, en circunstancias de vida muy agitada para ella. Ahora creo que está descansando, viviendo la vida soñada y no el calvario del temor que vivió en la tierra.
En los momentos de quietud aprendí muchas cosas que tenía olvidadas que son en tener más cuidado al tratar con gente que nos rodea, querer con mucho más amor a los que tenemos presente, la familia.
Desde entonces mi vida es más tranquila en mi hogar, pero en las noches todo cambiaba, mi mujer era otra, aprendía rápidamente cosas que también había olvidado y que yo gentilmente, con más técnica que amor le enseñaba.

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